La niebla cuelga bajo el campo, cubre el estadio en un gris húmedo que ahoga cada grito y atenúa el rugido de la afición. A pesar de la neblina, la acción nunca se detiene.
Los Vorticos de Hierro explotan en el primer minuto, atraviesan la defensa para marcar un ensayo a los 8. El intento de transformación a los 9 falla, dejando el marcador en 5‑0. Menos de cinco minutos después, otro ensayo se coloca a los 11, de nuevo fallando la transformación a los 12. El impulso de los Dragones de Hielo se estanca cuando el jugador 18 recibe una tarjeta amarilla a los 16, reduciendo un hombre de la línea de fondo.
La segunda mitad se lanza a los 46 cuando los Vorticos de Hierro anotan otro ensayo, convirtiendo inmediatamente para elevar el marcador a 12‑0. Una ráfaga de energía sigue: el ensayo a los 52 es respondido por una transformación limpia, empujando la ventaja a 19‑0. A los 54, un tercer ensayo entra en los postes, pero una transformación fallida a los 55 deja el total en 24‑0. Una última tarjeta amarilla para los Dragones de Hielo a los 57 los aleja aún más de cualquier posibilidad de remontada.
Los protagonistas incluyen al pack de delanteros de los Vorticos de Hierro, que dominan los melés y los mauls, y la línea de fondo, que capitaliza cada ruptura. Su presión implacable y sus rupturas de línea agudas mantienen a los Dragones de Hielo bloqueados en modo defensivo, incapaces de penetrar la ofensiva.
Estadísticamente, los Vorticos de Hierro anotan cinco ensayos, dos transformaciones, y no registran golpes de castigo ni lesiones, mientras que los Dragones de Hielo obtienen dos tarjetas amarillas y no anotan. El partido termina 29‑0, una demostración decisiva de la superioridad de los Vorticos de Hierro y la incapacidad de los Dragones de Hielo de contrarrestar el asalto implacable.